Aguascalientes, México, Martes 17 de Enero de 2017
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El torero sustituto

16/01/2017 |
En la vida ocurren los accidentes, los imprevistos. No es cosa rara que, por ejemplo, el encargado de cualquier cosa se enferme –se le muera la tía, le vengan los dolores de parto, se le arruine el coche- y tenga que llamarse a un sustituto. Esto pasa: en la fábrica, en el taller, en la oficina, e incluso en la Cámara de Diputados.
Las corridas de toros, siendo una forma de trabajo –una forma extraña, pero al fin una forma-, no iban a ser la excepción.
En septiembre del año 2000, y miren cómo pasa el tiempo, estaba yo en Barcelona. Todavía se daban toros en la Monumental y para el día de San Miguel estaban anunciados, creo recordar, Ponce, “El Juli” y alguno más. Para ese mismo día, en Sevilla, se anunciaba un cartel casi escandaloso: Curro Romero, Manzanares padre y Morante de la Puebla.
Casi 16 años más tarde, con escepticismo recibí la noticia de que Andrés Roca Rey venía a torear a Rincón de Romos. Alguien cercano a los empresarios me lo afirmó con gran solemnidad: una plaza portátil (entiendo que traída de España pieza por pieza), el peruano y, además de un rejoneador, la comparecencia de Luis David Adame –que es un torero que está causando buenas sensaciones.
Yo dije desde el primer día, y tengo hartos testigos (testigos hartos, también), que dudaba mucho que el peruano se presentara. No me imaginaba yo, que ni por asomo hubiera tomado una decisión así, que unos días antes de la corrida mi padre me extendiera dos billetes para ésta: “Toma, me dijo, para ti y para tu hijo mayor”.
No me lo pensé dos veces: iría a Sevilla.
Fue complicado: no conseguí más que un billete de primera clase en Iberia para volar de Barcelona a Hispalis; algo había, además de la Feria de San Miguel, que no quedaba una habitación disponible en los hoteles de la ciudad. De alguna manera conseguí una habitación en un hotel, luego diría que babilónico, en San Juan del Aznalfarache, del otro lado del Guadalquivir.
Esa mañana, temprano, fui al Prat, volé sin contratiempos a Sevilla, me alojé en el hotel y bajé –en un camión que hacía viajes cada media hora desde San Juan a Sevilla y de regreso, de las seis a las doce-, y desde el Puente de San Telmo, donde paraba el camión, me dirigí a la Plaza de la Maestranza. No llevaba billete.
Este viernes sobre las nueve de la noche, me confirmaron que Roca Rey estaba súbita e inesperadamente enfermo –de abulia, de indiferencia, de una apoplejía, que da lo mismo- y no se presentaba a la corrida. Pensé, con alivio, que podría entonces quedarme el sábado echado en mi cama, leyendo a Karl Ove.
Al acercarme, por el Paseo Colón, a la Maestranza comencé a ver el motín. Una multitud vociferante se agolpaba junto a los venerables muros de la plaza maestrante, mientras que los policías, una docena de ellos a caballo, trataban de contener a los amotinados. Parecían la plebe arremolinándose en torno a la Bastilla para tomarla por asalto.
A las diez de la noche de antier, por las redes comenzó el rumor, luego confirmado, de que “El Payo” torearía en lugar de Roca Rey.
Yo me acerqué como pude a las taquillas de la Maestranza. El billetero me explicó las causas del motín. A Manzanares no le había gustado el encierro y, así de la nada, pilló un cuadro entérico de pronóstico reservado. Enterado el Curro Romero se contagió de los males del de Alicante. Pronto aquello se volvió epidemia, pues Morante también mandó su certificado médico.
¿Y la corrida? El boletero me dijo, con esa mala leche sevillana: la corrida se da porque se da, el problema será conseguir a los toreros.
No le falta razón a mi padre cuando me dice que como torero “El Payo” es mejor que Roca Rey -cuyas virtudes son otras; parece que la integridad no es una de ellas-. Mi sobrino Quique, más tarde, me aseguró que el queretano es el mejor torero mexicano de la actualidad. Puede ser. Puede ser, pero ir a Rincón en un sábado nublado y a ver toros, me apetecía lo mismo que ir a Alepo a desminar el terreno sembrado de bombas por los islamitas o levantarme a las 4 de la mañana a limpiar establos.
La corrida en Sevilla se dio, como dijo aquel hombre. Como todos los amotinados devolvieron sus entradas, yo pude hacerme de una barrera del tendido 3. La lidiaron Fernando Cepeda, el francés Juan Bautista y creo recordar que Pepe Luis Vargas. La corrida –los tendidos estaban de manera más bien extraña a reventar-, fue una prefiguración del purgatorio.
Siempre me pregunté cómo diablos hacen las empresas para conseguir toreros sustitutos. No es lo mismo decirle a un cajero: anda, que dice el jefe que te vengas, porque Federico se puso malo, que ir a buscar un torero a decirle: anda, que toreas a las seis.
Como sea no se equivocaron los de la epidemia sevillana: el encierro era peligroso, manso y sin nada que se prestara para el lucimiento. Tampoco se equivocó el peruano el sábado. Los torotes de la ganadería anunciada –cuyo nombre no me viene a la cabeza-, salieron con mucho brío; al rematar contra los burladeros hacían que se estremeciera toda la estructura de esa plaza de armar (que para ser justos, es una pequeña maravilla, a excepción de su iluminación que recordaba los cuartos del quinto patio de una vecindad), luego todos acabaron sin gas, sin dejar que los toreros hicieran apenas nada que despacharlos.
Hastiado como estaba, todo lo que recuerdo ahora es ver a los toreros, caída ya la noche, torear o intentar torear, en la penumbra y metidos en medio de una nube de polvo, como si aquello fuera la pesadilla de un tuareg.