Aguascalientes, México, Jueves 23 de Marzo de 2017
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Kafka, la lepra y el largo fin de semana

22/03/2017 |
Reiner Stach es un escritor alemán. También es editor y en algún momento le alquiló el alma al chamuco: se dedicó a la publicidad. Sin embargo su nombre salió de Alemania por su monumental biografía de Franz Kafka, una obra más de cinco mil páginas a la que le dedicó 10 años de su vida. Sobra decir que esto evidencia que la vida de Kafka fue más grande –en sus escasos 41 años- que su producción, más bien magra.
Aquí se suele hablar de lo kafkiano de una manera equivocado. Para algunos es un sinónimo de lo surreal (o súper real), aunque el adjetivo vale, sólo para hablar a lo referente a la obra del checo o, según la RAE a lo “trágicamente absurdo”. Así de simple: el adjetivo no sirve de ninguna manera para tratar de calificar la política mexicana.
Hace unos meses leí de la aparición de la traducción, por Acantilado y en dos volúmenes, de la monumental obra de Stach; la encargué y espero recibirla en estos días. Luego, ya con la obra en la mano, pediré una beca Guggenheim, para que me mantengan los dos años que me voy a tardar en leerla.
Las reseñas previas dan algunas pistas de los logros de Stach (sus editores hablan de la “biografía definitiva”, lo que no es más que una burda exageración, lo que no demerita la obra), para hacer de Kafka un señor tangible, que nació en Praga, vivió siempre dentro de los límites del Imperio Austro-Húngaro –salvo una visita a París- y que apenas publicó en vida.
Por lo demás no voy a meter aquí, en dos folios, 5 mil páginas. Que el que esté interesado consiga la obra, consiga su beca y la lea. El resto es que como todavía no tengo los libros, apenas sé lo que ya es sabido de Kafka (como que masticaba cada bocado 70 veces o que su padre lo despreciaba) y etcétera.
Un detalle, desconocido para mí, me llamó la atención. Se sabe que Kafka contrajo la tuberculosis en 1917, a los 34 años y que eso lo obligó a jubilarse de manera temprana. Lo que no sabía era que el tenerse que trasladar a los sanatorios para tísicos, esos que consagró Thomas Mann, más bien lo llenó de alivio: así tendría que ponerse a escribir sin tener que trabajar y lejos de las preocupaciones mundanas. Kafka murió siete años después, de hecho de hambre, pero eso es otro cuento.
Yo necesito que me lo confirme un doctor, pero creo que tengo la lepra.
Yo pensaba que lo mío, me lo dijo un dermatólogo, y luego otro, y hasta un tercero, era una dermatitis atópica, aunque ahora tengo evidencias de que estoy leproso, como los leprosos de la Biblia.
Lo noté el viernes en un restaurante. Salí a media tarde de mi oficina, me fui con mi grupo de amigos habituales y ya con ellos, comencé a sospechar. Para evitar que me mandaran al leprosario, me fui a mi casa a escribir. Me disculpé, muy educado como soy, pagué la cuenta (alcancé a beberme un tequila harto sabroso, aunque no sé si contraproducente para mis males) y completé el trayecto hasta mi estudio.
Ustedes pensarán que lo digo en broma o en tono de reproche. Nada de eso hay en mi corazón noble y campesino. La verdad hasta sentí alivio. Ya instalado en mi estudio pude terminar las correcciones y la reescritura de un capítulo completo de un libro que estoy escribiendo. Todavía no sé cómo acaba ese libro y cómo le voy a poner. Pero por ahora resuena en mi cabeza alguna frase del tipo: “¿Y yo por qué? Como esa frase creo que ya la tiene patentada Fox, puedo pensar en alguna alternativa, tal vez como: “No me pases esa vela, que yo no voy a ese entierro”.
A las diez de la noche vino la prole a cenar conmigo, al estudio. Llegaron con viandas con quesos en cubos y embutidos de pavo. Yo no les dije nada de mis sospechas leprosas. No vaya a ser que también me hagan el feo. Mientras ellos bebían Coca Cola y comían como pelones de hospicio, yo me atreví, so riesgo de que se me cayera la cara a pedazos, con otro par de tequilas. Cuando se fueron, ya no pude seguir más, porque esta tarea de reescribir requiere una concentración que se me esfuma al segundo trago de alipuz.
Me pasé el largo puente encerrado en casa, escribiendo, leyendo un poco y durmiendo como bebé. El sábado pensaba ir al supermercado, pero como no encontré mi túnica de beduino, ni mi kufiyya árabe (de hecho Palestina), no me atreví a salir. Tampoco se trata de que a uno le hagan el fuchi en la sección de lácteos. Por la noche, ya amparado por las sombras, me fui a ese sufridero que es el Estadio Victoria.
Todavía, decía antes, falta que me lo confirmen los médicos, pero si es el caso, pues me encierro en mi casa a escribir y después paz y luego gloria. Digo esto cuando acabo de confirmar que en este país sólo queda un leprosario (uno que está en el abandono: lo abrió Lázaro Cárdenas en 1939, creo que en Puebla, o en el Estado de México o por allá) y cuando acabo de leer algo sobre la terrible enfermedad que yo descubrí de niño, cuando vi Ben-Hur.
He avanzado en mi libro una barbaridad.
También me he tomado un poco de tiempo para investigar sobre los leprosos y los lazaretos (o sea hospitales aislados para tratar a los apestados: tísicos y leprosos). También supe que a los leprosos les dicen hansenianos, que suena más distinguido. Suena como si fueran de una secta de filósofos que creen en la inmortalidad de los mayas o como una rama herética de la ya apóstata doctrina jansenista.
Hasta da emoción. ¿Y dónde anda el Lascazas? Preguntará algún despistado y alguien, un enteradillo, le contestará: se metió de hanseniano.
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