Aguascalientes, México, Domingo 19 de Febrero de 2017
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En este pueblo no hay ladrones

17/02/2017 |
Con perdón del Gabo y de Alberto Isaac –y de Cuevas, Buñuel, la Carrington, Arau, del Monsi y demás bola.
Me dice uno que asegura que es mi lector que últimamente, de mañana en mañana, le saco un profundo bostezo. Te leo, me dice, pero últimamente andas como sin inspiración. No hace mucho alguien más me dijo, como un reclamo: ah cómo extrañamos tus relatos de cuando viajas.
Hace 29 años, pienso mientras mastico estas críticas “constructivas” (considerando que uno que escribe considere constructivo que le digan aburrido), hice un viaje que a la distancia suena espectacular. México, La Habana, Moscú, San Petersburgo (que todavía era Leningrado), Minsk, Kiev, Chisnáu (que era todavía Rumania), Bucarest; crucé la antigua Yugoslavia –antes de que aquello estallara en pedazos-: de Belgrado crucé en una larguísima jornada hasta Zagrebo y de allí a Liubliana, en lo que hoy es Eslovenia.
Me dejo ir de la mano de lo que parece un recuerdo –y del que uno no puede fiarse del todo.
En Udine dejé el viejo auto Lada que compré por un puñado de dólares en Leningrado y bajé en tren a Venecia, que me resultó repelente. De Venecia volé a París. Llegué una noche tibia de junio de 1988 y pasé lo indecible antes de conseguir un cuarto de hotel, en el Distrito XX, no muy lejos de los arrabales violentos del Distrito XIX, pero equidistante de la Plaza de la Bastilla.
Allí recogí, un día después y pasado el susto, un auto R 5 cero kilómetros, que había “comprado” por semanas, bajo un esquema en que los turistas compraban un auto nuevo y lo devolvían en un plazo fijado: de tres a 12 semanas creo. Muchos años después, a casa de mis padres seguían llegando, año con año, sobres con folletos sobre los modelos y precios de cada año.
Luego de comprar en un pequeño supermercado de pakistanos una barra de pan, jamón dulce, un par de gaseosas y una barra grande de chocolate, salí esa misma tarde rumbo al norte. La noche y el cansancio me alcanzaron en Reims, donde me hospedé en la buhardilla de un hotel que estaba en una vieja casona de tres o cuatro pisos. Comenzaba la segunda parte de aquel viaje que duraría un total de once semanas.
No hablo mucho de ese viaje. Hace muchos años destruí, por ñoñas, las notas que tomé en un cuadernillo desde que esperaba, en el aeropuerto de la Ciudad de México, el camión que nos trasladó a la plataforma donde esperaba el Tupolev de Aeroflot.
En Moscú, el segundo o tercer día, me pareció una ganga comprar una docena de rollos de película fotográfica de 35 milímetros, para mi cámara Minolta –que luego dejé en un avión en otro viaje-, a un precio de ganga y en rublos. El taxista que me llevó del aeropuerto Vnúkovo al Hotel Nacional, justo detrás de la muralla del Kremlin, había extraído de un compartimento oculto en el volante de su ruinoso Lada, un atado de billetes: 500 rublos, que le cambié por un puñado de dólares y un par de cajas de cigarrillos Kent.
Luego, de regreso, supe que esos rollos eran un fraude; como todo lo soviético del 88, eran productos de pacotilla, apenas mal emulsionados. Un laboratorio fotográfico, a mi regreso, rescató pocas docenas de fotos, pálidas y el blanco y negro, que por allí conservo como testimonio de ese viaje.
No hablo mucho de ese viaje porque, para decirlo mal y pronto, no me enteré de nada. Me dejé llevar, pero al fin se trató de un viaje de supervivencia. Los apuros, la preocupación sobre el momento en que se terminara el dinero, mi ingenuidad de entonces y supongo que mi juventud, hicieron que ese viaje fuera un viaje maravilloso, con el inconveniente de que media Europa me pasó por los ojos sin que yo me diera bien a bien cuenta de dónde estaba.
Pasaron pocas cosas significativas.
De regreso a Italia, tres semanas después –había llegado hasta Rotterdam-, en Florencia me encontré a una pareja de capitalinos. Estaban recorriendo Europa luego de haber pasado un año trabajando en Londres. Bajaron conmigo, en mi auto, a Roma. Roma también me pareció repelente. Como dijo Joyce: un hombre que le muestra el cadáver de su abuela a los turistas.
Ayudaron con los gastos, la gasolina, los peajes y nos despedimos al llegar a la ciudad. Ellos estarían en dos semanas en Londres, para recoger su menaje y sus pocas cosas y, me ofrecieron, podrían dejarme su cuarto de alquiler y recomendarme para que ocupara uno de sus trabajos en un bar. Yo tenía prejuicios absurdos contra Londres –y la sensación de que era carísimo- y una enorme confianza en que la vida estaba llena de oportunidades y uno podía elegir. Pasarían siete años hasta que yo conociera Londres.
También fue importante rematar el viaje en Barcelona, antes de volver a París a buscar un lugar en un vuelo de la Aeroflot y tomar el viaje de regreso.
De Roma huí como de la peste. Hice noche en Livorno y de allí pasé a recorrer, apenas sin ver –para no romper nada y que me lo cobraran, por la Costa Azul. Niza, Cannes, Marsella y así hasta aparecer en Barcelona ya muy entrada la noche. El dinero ya escaseaba –yo no tenía ni una tarjeta de crédito- y había que tomar de vuelta a París. No podía hacerlo sin siquiera pisar España.
Tres años después haría un viaje espectacular con mi querido Víctor Rodríguez, donde pasamos el grueso de la vacación en tierras ibéricas.
Era una ciudad oscura, mal iluminada y sucia. En La Rambla, sobre el auto, tuve un incidente con un grupo de tipos que iban evidentemente drogados. Pasé la noche en un hotelucho de la Ciudad Antigua, de donde salí muy temprano para largarme de allí. Muy pronto, cuatro años después, esa ciudad resucitaría y se convertiría en la ciudad luminosa que ahora es.
Espero no haberlos aburrido; no se trata de que se me estén metiendo los rateros en la casa para que ustedes se entretengan; y si quieren más cuentos de viajes, pues se aceptan euros, dólares, libras esterlinas y hasta pesos mexicanos.
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