Aguascalientes, México, Miercoles 23 de Agosto de 2017
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Estampas navideñas

19/12/2016 |
Reparo en que en esta temporada apenas me he quejado de las festividades en curso. Seguro que he conseguido, a medias, irlas pasando sin hacer sufrir al hígado. Por lo demás: la certeza de que no van a ser mis quejas las que hagan que la gente deje de tirarse a la molicie de comprar y regalar cuanta tontería le pongan en un aparador. Como sea esta semana se acaba ya el asunto y para dentro de una semana ya será toro pasado toda esa patraña de la esperanza, la fraternidad y los buenos deseos.
Supongo que la esperanza es una forma boba del deseo y ya se sabe que el deseo es, además de malo, pernicioso.
Pero, esto es cierto, hubo años en que a mí me gustaba la navidad. De eso hace mucho, pero al fin de cuentas pasó.
¿Qué cambio?
Pues contra la sandez esa de que es mejor dar que recibir, yo era niño: no sólo estaba de vacaciones y sin deberes, sino que yo era el sujeto de los obsequios y no el que los tenía que pagar. Digamos que para mí el gozo de las navidades se terminó el día que se terminaron las vacaciones escolares.
Por la mente, a propósito, desfilan por mi cabeza varias escenas navideñas. Por cierto que en ninguna de ellas desfila nada que parezca una expectativa de que la gente se va a comportar mejor, porque se deshaga en buenos o porque los comerciales de la televisión digan que estamos en una época en que los anhelos de un mundo mejor, para luego recomendarnos que compremos un teléfono móvil de última generación o bebamos Coca Cola.
Mi reino por unas pilas.
Antes de la era de las energías renovables, del circuito electrónico y de estas modernidades, el mundo funcionaba a pilas.
Si uno era afortunado, la mañana del 25 de diciembre había debajo del árbol navideño una caja que contenía un juguete a pilas. Recibir baleros, yoyos y juegos de mesa, era una manera temprana de saber que la vida nos había puesto en el camino torcido.
Yo siempre quise una bicicleta, pero quiso la vida cruel que un pariente, hijo de sabe qué familiares, muriera apachurrado por un camión Apostolado, justo a bordo de un vehículo de éstos. Las bicicletas quedaron, entonces, proscritas en casa.
Alguien podría decir ahora, pasado casi medio siglo, que tal vez –y sólo tal vez-, gracias a esa previsión de los Reyes, o del Niño Dios (Santa nunca estuvo presente en el panteón familiar de seres imaginarios), yo estoy aquí escribiendo mis tonterías. Vivo para bien o para mal: uno nunca sabe.
Pero se equivoca si alguien piensa así. Nunca tuve bicicleta, es cierto, pero en cambio tuve muchos amigos con Reyes Magos menos previsores. Como sea me pasé la infancia y la adolescencia pedaleando de lo lindo, en bicicletas prestadas y a escondidas. Sobra decir que nunca me apachurró un camión.
En cambio juguetes a pilas tuve a montones. Autopistas, coches-patrulla, robots rudimentarios…
Por más que las cajas de los juguetes decían claramente: “Funciona con pilas” y “No contiene baterías”, no recuerdo, ni en mi caso ni en el de ningún otro niño, que los Reyes –tan previsores a la hora de no traerme mi bicicleta-, hayan tenido el detalle de acompañar el regalo con un par de pilas de 9 voltios o de esas gordas de tamaño D.
Los 25 de diciembre, mientras algunos estrenaban sus bicicletas (y aquí acabo de descubrir la manifestación de un trauma profundo), o los menos afortunados se entretenían jugando al trompo, el resto de los niños recorríamos la ciudad de cabo a rabo, buscando una tienda de abarrotes abierta y con buen surtido de pilas.
Recuerdo un año en que, en aquellas calles heladas, desiertas de adultos y de coches, los grupos de niños nos íbamos haciendo eco de los rumores: que en tal calle, en tal barrio, había una miscelánea abierta y un gran surtido de pilas. Cuando la pista se confirmaba falsa, atendíamos la siguiente: frente a la plaza tal, hay una tiendita de abarrotes donde un tipo se estaba volviendo rico vendiendo baterías Rayobac a precios exorbitantes –un peso para nosotros era una fortuna.
Recuerdo una vez que encontramos una tienda abierta en la calle de La Mora. Era un antro oscuro, maloliente, con el consabido frasco inmundo de encurtidos y la lata de chiles rancios en el mostrador. Un degenerado, con cara de matón, recibía con miradas de fastidio a los niños que entrábamos, jadeantes, buscando un par de baterías para poder disfrutar nuestros regalos. Un juguete a pilas sin ídem, es como un carro sin gasolina o un gobierno sin presupuesto: no sirven para nada.
Parecía que había que pedirle perdón a ese desgraciado por entrar a su negocio. Una mueca a manera de gozo de un sádico, antecedía a su: ya se me acabaron.
Luego se quejan los abarroteros de que les ponen un minisúper enfrente.
En lo que a mí respecta, el problema se acabó cuando llegaron las navidades de las Scalextric: esas se conectan a la corriente de casa.
Por lo demás no sé si existen todavía juguetes a pilas, aunque conseguir estos cachivaches es ahora relativamente sencillo. Abren los supermercados y, para lo que haga falta, las llamadas tiendas de conveniencia (¿A quién le convienen estas tiendas? Vaya usted a saber).
El resto es que a estas alturas del partido a mí me importa un pito que haya lugares donde comprar pilas –y hasta bicicletas-; las bufandas y los calcetines Donelli que me regalan no necesitan nada para funcionar. Por lo demás yo sigo un rito singular con estos regalos. Los recibo, veo quién es el infame que los mandó y los tiro directamente en el contenedor.