Aguascalientes, México, Sabado 25 de Marzo de 2017
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Más estampas navideñas

21/12/2016 |
En los pasillos de los colegios y escuelas, en los rincones de los barrios, en cualquier esquina cercana a casa, se descubren los secretos más terribles de la vida.
Ve uno un corrillo de niños que cuchichean y miran de reojo. El de mirada aviesa, como quién está pasando los planos de la bomba de hidrógeno, revela a los demás, que le escuchan, con una extraña sensación –una mezcla de azoro, de decepción y de incredulidad-, un terrible secreto de la vida. A golpe de estas confesiones cada cual va perdiendo la inocencia y consumiendo la infancia.
Lo mismo da si está explicando que a los bebés no los traen las cigüeñas, ni nacen en lechugas, sus revelaciones suenan terribles.
He descubierto, dice, que el Niño Dios es mi papá.
Cuando ven el rostro de los incrédulos, apoyan sus terribles palabras en indudables testimonios: ya me lo había dicho Genarito, el hijo de la frutera y me lo confirmó Ernestita, la de la panadería.
Claro que uno duda. Su papá, el del niño avieso, parece todo menos un Niño Dios; es más, tiene fama de ser el borracho del rumbo, de pegarle a la mamá, de trabajar menos que el sastre de Tarzán. ¿Y si es su papá –se pregunta uno, revelándose contra esa confesión terrible-, por qué le trae juguetes a los niños de los demás? Luego otro, más vivo que uno, nos aclara el asunto: No tonto (los niños de hoy, y los de ayer, usan palabrotas impublicables), no el papá del Tortillas, sino los papás de cada uno.
Un día todo queda en evidencia, aunque aquí hay que seguir la estrategia de San Miguel Bueno, mártir (el de Unamuno): fingir.
Uno sigue haciendo la carta de rigor, sacada de un manual: Querido Niño Dios (o querido Santa, o apreciables Reyes Magos)… Uno disfraza sus inmoralidades (no hacer la tarea, sisar el cambio de la compra, decir palabrotas) y comienza la lista de deseos.
Los niños de mi peña pedíamos el Chuta Gol, las pistas de Hot Wheels, el triciclo Apache. En mi caso, mis pedidos favoritos fueron mis pistas de Scalextric, los castillos Exin, mientras rogábamos que el ser mítico ese que nos traía los regalos –en el que fingíamos creer-, no nos “dejara en casa de la Tía Gladiola”, las horribles bufandas de estambre de todos los años.
Pero esa es la visión de los niños. La de los adultos era otra, bien distinta.
La primera era convencer a la prole de hacer peticiones acordes con la capacidad económica, no fuera que el maldito escuincle –que además se comportó como una bestia salvaje todo el año- le diera por pedir un Mustang o un Rolex de oro. El fondo de esto era evitar el inevitable trauma de aquel niño inocente –jajaja-, que pedía un cochecito a motor y recibía un juego de laboratorio de Juguetes Mi Alegría, o algo peor: un juego de té.
Supongo que aquí comenzaba una negociación digna de un Molotov, un Daladier, un Ribbentrop: unos padres angustiados (para evitarle un trauma a Joaquinito), tratando de convencer al niño de que no pidiera un juguete fuera del presupuesto, mientras que este, un mustio (que además ya tenía 14 años y seguía fingiendo demencia), se empeñaba en que quería una mini moto como la del Tractor –el de la Familia Burrón.
Otro asunto que ponía en apuros a los padres era esconder los regalos.
En nuestro caso, muy pronto dimos con los escondites en que mi madre ponía las muñecas, las autopistas y los coches patrulla. En casa de mis abuelos, en una habitación que fue de mis tíos los cuates, entonces destinada a salón de televisión, había unos closets de cuatro metros de alto. Los compartimentos superiores, supuestamente inaccesibles, eran usados para tal fin; también se usó un pequeño desván que estaba frente al salón principal –allí donde había un gobelino de la Última Cena.
Había que aprovechar cuando Merceditas estaba haciendo de comer, para trepar por los paneles, como changos, y ver cómo aquello se iba llenando. Así comprobábamos, con semanas de anticipación, cómo nos iba a amanecer el 24.
Eso de fingir que no tenía uno idea de quién era el pagano y que los cuentos de Santa, los renos y esas patrañas no eran más que eso, tenía sus ventajas, sobre todo cuando escuchaba uno los cuentos de los adultos la noche del 24, que intentaban en vano que una banda de niños excitados se fueran a dormir.
Eso pasa cuando uno anda inventando cuentos chinos: no queda más que ir por la vida hilando mentiras; la principal de ellas es que al niño que se porta bien, las cosas le irán mejor que al que se portó mal. Luego crece uno, conoce a los diputados, los banqueros, los funcionarios, los hampones y los dueños del mundo y se da de topes contra la pared.
En casa circula una anécdota familiar, sobre esto de tener que andar escondiendo regalos navideños.
Una abnegada madre traía en su auto un regalo para uno de sus hijos. Tenía que llegar a su casa, esperar que la entrada estuviera despejada, entrar a hurtadillas para buscar un escondite y esperar a la noche del 24 para colocarlo debajo del árbol.
Los planes no salieron según lo esperado, pues mientras abría la cajuela para sacar el regalo (contenido en una caja de considerable tamaño), apareció por la puerta, frente a ella, justo el niño dientón y orejón que recibiría ese presente. La mujer, que sintió un pasmo en la barriga, aventó como pudo la caja aquella debajo del vehículo, agarró al escuincle y con cualquier pretexto lo metió a jalones a su casa. Con cualquier pretexto se aseguró que el infante despejara el camino (lo mandó, por decir algo, a ver si ya había puesto la puerca al fondo de la casa).
Salió a los pocos minutos por el regalo que, naturalmente, ya no estaba allí. Alguien había visto la maniobra y demostró lo que hay de cierto en aquello de que nadie sabe para quién trabaja. Siempre sospecharon de los Reyes vagos: unos vecinos de ese apellido que tenían fama de ser muy maloras.
Nunca hay mentiras inocentes.
(En la siguiente entrega, la última: a cada santito le llega su capillita, o lo que es lo mismo: a cada marranito le llega su San Martín).
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