Aguascalientes, México, Sabado 25 de Marzo de 2017
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Aquella negra noche de mi mal

28/12/2016 |
Ya adelantaba yo que se llegaba el momento de los resúmenes anuales y de los recuentos. No sé exactamente por qué, pero los diarios, los noticieros de televisión y los servicios informativos tienen que seguir apareciendo, aun cuando todo mundo anda de vacaciones.
No faltan, por desgracia, las tragedias, los desastres naturales y algunos asuntos noticiosos en qué entretenernos en estos días; tal vez algún día no muy lejano, se decrete que esta semana perdida sea completa de vacaciones y queden prohibidos los combates, los huracanes y los terremotos. Con todo mundo de vacaciones, también podríamos descansar siquiera una semana de la estupidez humana.
Sólo en este contexto, se entiende que los medios de este país e incluso muchos medios internacionales se entretuvieran el pasado lunes dando cuenta de los pormenores de los XV años de Rubí –muerto incluido-. A propósito: igual de bembos me parecen los que se entretienen en estas tonterías, que los que –por los mismos medios y con la misma lógica- denuncian que la lamentable fiesta de la jovencita es obra de una conspiración.
Dicen los autores de la teoría de la “cortina de humo”, que ésta argucia es obra de las mentes criminales que, para cumplir sus fines inexplicables, buscan distraer a una cosa que llaman la opinión pública. Esto me parece que es sobrevalorar a esas mentes criminales y no entender que los mexicanos tenemos memoria de pez y un síndrome colectivo de falta de atención.
En fin.
Volviendo a esto de los recuentos, poco puedo decir yo de lo que me pasó a mí este año. Poco más que nada. Una semana de vacaciones que tampoco es para escribir una nueva versión de los Viajes de Gulliver; un proyecto que inicié en enero y acabó en un poco glorioso fracaso; algunos achaques más para sumarlos a mi colección.
John Carlin, en su artículo de anteayer en El País, resumió el año que se terminó de una manera que resume lo que pienso del año que se termina: “La idiotez vence a la inteligencia, los payasos a los sensatos, el cinismo a la decencia, las mentiras a los hechos”.
Claro que cito a Carlin porque para decir eso yo hubiera tenido que hacer una larga hipérbole y porque yo no lo hubiera resumido de manera tan concisa; si pudiera hacer tal sentencia del 2017, no estaría aquí dorando la píldora, sino escribiendo cosas mejores.
Por lo demás el inglés habla, entre otros asuntos, del año en que irrumpieron los nuevos populistas (en los que algunos ven la semilla del fascismo resucitado), del resultado del referéndum que decidió el Brexit, del influjo de la ya citada estupidez humana en las redes sociales para cumplir la aciaga profecía de Ortega y Gasset, de Trump, de Boris Johnson y de todo ese asunto de la mentada posverdad.
Y aunque supongo que John Carlin no sabe siquiera de lo que pasa de este lado del mundo, suscribo palabra por palabra lo que dice pues me sirve para explicarme muchas cosas que pasan aquí.
Recuerdo, a propósito de estas mínimas memorias del año aciago que termina, que mucho me asombró escuchar aquí a gente que se quejaba amargamente de la victoria del señor Trump en noviembre y de sus modos: la mentira en las redes sociales, el mensaje discriminatorio y emocional buscando al elector menos capacitado –que hizo mayoría para su triunfo-.
Mucho me asombró, porque esos que se extrañaban de los resultados de la elección estadounidense, votaron aquí en la víspera lo que les ordenaron en las redes.
Por lo demás, asuntos como el de los XV años de Rubí, quedan plenamente explicados.
Debo decir que yo no soy precisamente optimista respecto a la condición humana, de tal manera que tampoco es que me sienta sorprendido.
Tampoco me sorprendió mucho cuando a finales de septiembre me recordaron lo que me tenían que recordar y supe que mi trabajo de 10 meses y mis planes para buscar una salida –un escape-, quedaban en nada: otra cosa para contar a los nietos.
Por más extraño que parezca, la noche de la semana pasada en que mi casa fue invadida, violada, manchada por los ladrones, mi primera reacción fue de una extraña serenidad.
Alguna vez, hace muchos años, fui asaltado en plena calle, en Guadalajara, por dos drogadictos empistolados. Luego de la sorpresa y el susto del ataque, los siguientes minutos fueron de azoro; luego de la sorpresa me invadió un sentimiento de rabia. Gente que conozco que ha sufrido estas violencias dice que estas suelen ser las reacciones habituales.
Esta vez no fue así. Después de la calma siguió más calma; al final tuve algo así como una sensación de resignación. Lo extraño sería, pensé, que en este lugar del mundo donde los ladrones y los corruptos mandan, nosotros nos hubiéramos salvado de sus golpes.
Cuando escriba mis memorias, creo que podré decir del 2016: fue el año en que no pasó nada: lo que iba a pasar me lo impidieron los de siempre. También fue el año en que se me metieron los rateros.
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