Aguascalientes, México, Sabado 25 de Marzo de 2017
Seguir a hidrocalidod en Twitter   RSS  
           
 

La vida en dos patadas

30/12/2016 |
Los que lo planearon, lo lograron: hicieron de la hermosa zona de Arcos-Vallarta, de la Colonia Obrera y de la Colonia Americana, todavía más bella.
Guadalajara, hay que decirlo, se divide en dos ciudades. De un lado, la ciudad deslumbrante que ocupa, más o menos, los sectores Hidalgo y Juárez y la Capital sombría, llena de arrabales de los sectores Reforma y Juárez. Ignoro si todavía la metrópoli se divide administrativamente así; cuando yo vivía allí decíamos que las dos ciudades, la bonita y la horrorosa, se dividían por la avenida Federalismo.
La zona de la Americana es espectacular y deja ver el lujo extremo con que se vivió en la zona aledaña a la Minerva: chalets neoclásicos y casonas modernistas, que ahora son notarías, restaurantes, tiendas de lujo o complejos de oficinas. No muy lejos de allí, ya en Zapopan, lo que hace 30 años eran baldíos, se ha convertido en una zona donde se multiplicaron las mansiones de millonarios, las concesionarias de autos europeos, los complejos comerciales con tiendas extranjeras.
Es el cuento de siempre: los dos países donde vivimos.
Yo viví en Guadalajara entre el 1984 y el 89. Ahí comencé a estudiar mi carrera, allí me refugié unos meses que decidí que uno podía vivir la vida como se le pegara la gana y allí regresé a terminar mis estudios. En mayo de 1989 me gradué con medianos honores, agarré mis chivas y decidí no regresar nunca. Cosas mías.
Meses antes de eso estuve a punto de conseguir un trabajo prometedor, aunque ya sabía yo que las grandes ciudades no eran lo mío y regresé a casa. Cuando hice el último viaje –de cientos- por la vieja carretera (no existía ni por asomo la autopista de ahora), sabía que aquello era una despedida. Puedo contar con los dedos de las manos las veces que he regresado desde entonces.
A veces pasan años sin que nada me lleve a Guadalajara. La mitad de los viajes que he realizado en estos casi 30 años han sido de esos de ir por la mañana y regresar por la noche. No recuerdo más de dos o tres veces que he pasado allí una noche. El asunto que más me hace viajar es el consabido viaje relámpago para tramitar visas al consulado estadunidense.
Justo por esos asuntos tuve que viajar dos veces las dos últimas semanas.
Ayer, para no ir lejos, salí muy de mañana, con la familia: la visa de un conspicuo –que es un decir- miembro de la prole estaba vencido. A eso del mediodía estaba ya por el antiguo Mercado México, convertido en un complejo de pequeños comederos: allí comimos (bien) y de allí nos dirigimos al consulado, a dos calles de allí. En pocos minutos estábamos ya con el asunto solucionado y antes de las 3 ya circulábamos sobre la calzada Lázaro Cárdenas para volver.
No suele pasarme. Serán cosas de la edad, pero en estos dos viajes la vida, mi vida (toda), me pasó por delante de los ojos, como dicen que les pasa a los moribundos.
En el viaje de hace dos semanas pasó uno de esos ataques de la nostalgia. Un guía medio bembo –un acompañante que jura que vive en Guadalajara, aunque parece que vive en Chapalita y nunca sale de allí-, nos hizo dar un rodeo monumental: nos llevó casi hasta la zona de San Ignacio, para tener que volver a la zona del consulado desandando el camino por la avenida Inglaterra, Vallarta y, cruzando la Minerva, tomar rumbo por López Cotilla: mis rumbos de antes.
Yo los primeros meses que vivía allá –y yo era un jovencito dizque muy formal de 19 años-, los pasé en una casona de la calle Clavijero. Cada mañana, muy temprano, cruzaba las vías de la avenida Inglaterra, para llegar a tomar una combi en la avenida Vallarta y de allí ir hasta la universidad. A veces había que cruzar entre los vagones del tren –un asunto con el que yo estaba familiarizado desde la adolescencia. Otra vez mis cosas.
Una fresca mañana de noviembre de 1984, al cruzar dos góndolas, uno de mis zapatos nuevos se enganchó y se desgarró. Para mí fue una pérdida casi irreparable. A los pocos días cumplía 20 años.
Tendría que escribir una novela como la de Karl Ove Knausgard (¡3 mil 600 páginas!), para recomponer la película de mi vida que, ayer viendo las casonas de la calle Libertad, me pasó delante de los ojos.
La vi con asombro, sin nostalgia y con la lejanía que imponen los años. Es evidente que ya no soy el joven de 20 años aquel que, con su jersey tejido a mano, sus zapatos remedados y con un enorme copete ochentero, buscaba por las tiendas de la zona una sombra confortable para entrar a descansar de la larga caminata, con un librito barato de Hesse en las manos.
La cinta sonora de mi película es deplorable: música de aquellos años bembos que vivimos los ochenteros.
Y allí en medio de la película, el salón estrecho de la casa de una compañera que estaba de fiesta, mis pantalones amplios y mi camisa holgada, a cuadros rojos y frente a mí, bailando y mostrando su sonrisa pequeña L, la pelirroja, cuya mirada de aquella noche apenas comprendí al paso de tantos años.
Hace no mucho recibí noticias de ella: una solicitud en Linkedin. Me causó asombro verla allí fotografiada con sus bien llevados 50 años. Algo más gruesa, se ve que va envejeciendo con la debida dignidad… No, nunca fuimos nada. Incluso alguna vez salimos, yo con una amiga suya y ella con un amigo mío. Tal vez si me hubiera atrevido…
En fin que eso es pasado y es sólo la película de mi vida que ahora se embobina y pasa delante de mí una y otra vez. Tengo que sacármela de la cabeza antes de que sea una pesadilla.
Y no, no es que crea que esté en estado moribundo; achacoso sí, pero moribundo es exagerar. Tal vez es la señal de la hora, que tenía que llegar, de responder las preguntas pertinentes: ¿Qué diablos ha hecho con su vida señor Lascazas? ¿Va a quedarse allí usted sentado? ¿Se decidirá usted por fin a poner su fábrica de robots? ¿Va a permitir que sigan manejando así la Comisión de Arbitraje? Y otras por el estilo.
Editoriales pasadas