Aguascalientes, México, Martes 21 de Febrero de 2017
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Huelga de deberes

04/01/2017 |
Un hecho indudable es que en este país hay un profundo resentimiento social.
No voy a abundar en las causas y factores que desencadenan este malestar: no tengo la paciencia del santo Job para hacer una lista que rebasaría, por mucho, el espacio que tengo disponible y que supera, por mucho, las ganas que tengo de entretenerme en obviedades.
En cambio, quisiera concentrarme en uno de esos factores en particular, que es justo el que predispone a los mexicanos, desde la niñez más temprana, al resentimiento: la educación; o mejor dicho: la falta de educación, en contraste con todas las obligaciones escolares que les imponen a los escuincles.
Dicho de otro modo: tenemos un modelo educativo que, a falta de dar pie con bola para mejorar su calidad (ya se sabe que las autoridades con los maestros no pueden), apuesta ahora por la acumulación de horas lectivas. Hay quienes suponen que más horas perdidas, escuchando sandeces en las aulas, van a obrar el milagro.
A las pruebas me remito.
El informe PISA del año pasado muestra que sólo 52 por ciento de los estudiantes mexicanos (15 años) logra los niveles mínimos de aprendizaje en ciencias, 43 por ciento en matemáticas y 59 por ciento en comprensión de lo que les dan a leer –que tampoco es lo más recomendable.
De hecho México está por debajo de los niveles promedio de la mentada prueba, lo que pone a nuestros estudiantes casi en los últimos lugares en nivel educativo de la OCDE. Los líderes de la última prueba son: Singapur, Japón, Estonia, Taiwan y Tailandia, en ciencias; Singapur otra vez, Hong Kong, Macao, Taiwan y Japón, en matemáticas; y por tercera vez Singapur, Hong Kong, Taiwan y Japón.
Hasta aquí estamos de acuerdo: la educación está de la patada y muchos de nuestros males nacionales son fruto de ello.
Lo fácil –que tampoco es faltar a la verdad- es culpar de este atraso a los maestros y extender la responsabilidad a las autoridades; pero supongo que el asunto es más complejo que eso y que lo que falla de fondo es un modelo educativo que, en sustancia, sigue siendo el mismo con el que nos educaron a nosotros –y que no podemos presumir de ser unas lumbreras.
Le doy una buscada a las características del sistema educativo de Singapur, que por algo es el Estado (una ciudad Estado, de hecho), que tiene a los alumnos mejor evaluados. El sistema es complejo pero está dominado por la flexibilidad y por el hecho de que es necesario reconocer quiénes son los alumnos con aptitudes para estudiar una licenciatura, quienes están capacitados para seguir carreras u oficios tecnificados, cuáles están cualificados para las artes y los deportes. Luego se estudian los grados y las materias con un esquema de personalización.
La premisa del sistema educativo en Singapur es la meritocracia. Una segunda característica es que se fomenta la creatividad de los estudiantes y su capacidad para adaptarse a un medio laboral cambiante. El objetivo es usar la educación como un instrumento para la igualdad y para borrar las barreras sociales.
Ahora el asunto que me ocupa. Un estudiante de preescolar, primaria, secundaria y los llamados juniors colleges, tienen períodos de estudios de dos meses y pico y luego vacaciones. Un universitario estudia de agosto a marzo, o sea 8 meses al año. Este es el detalle: calidad, no cantidad.
Hagan ustedes que un chamaco de 7 años se levante de madrugada el dos de enero, para ir a escuchar a saber qué tonterías de sus maestros y allí tienen a un resentido para toda la vida. Los que desertan van a terminar en el arroyo y los que puedan graduarse, van a querer ser diputados o de perdida burócratas y se van a dedicar a ya sabemos qué.
Estudios recientes, a propósito del rezago educativo de muchos países occidentales respecto a las naciones de oriente extremo, señalan varios vicios de los viejos y caducos sistemas educativos: falta de flexibilidad, pauperización del profesorado (asilvestramiento en nuestro caso) y falta de conciliación entre las tareas curriculares y la vida familiar.
Hay quienes, de plano, señalan que el exceso de actividades escolares no sólo daña la convivencia de las familias, sino que les roban horas de su niñez a los más pequeños. Hay en Europa occidental todo un movimiento de padres que demandan el fin de las tareas y hasta grupos de paterfamilias que declaran “huelga de deberes”.
Los escuincles llegan con la lista de las tareas y los padres, de común acuerdo con otros, les ordenan no hacerlos. Luego se van al parque, o a jugar damas, o al cine o a tomar chocolate con churros.
Hay otros estudios que demuestran que los horarios impuestos por la ocurrencia de algún genio, no sólo roban horas de sueño a los escolares, sino llegan a provocar problemas de desarrollo intelectual en los adolescentes. Por eso luego nos salen rebeldes y con que les gusta el ruido ese que se llama, creo, reggaetón y cosas peores, si cabe.
Se trataría, para ya resumir, en un modelo educativo de calidad, flexible, conciliador y que buscara estimular a los estudiantes y no llenarlos de tareas y en horarios dignos de un mulo de noria.
Por eso siento tanta pena cuando a las 6 y media de la mañana salgo a la calle y veo en las paradas de camiones a señoras o señores con escuincles que entran a las siete de la mañana en 2 de enero, cuando todavía nadie se acaba de recuperar de las pachangas de los últimos días. Lo menos que puedo decir, es que se trata de un acto de crueldad extrema y que ya se encargarán los chamacos, cuando sean mayores –si no se mueren antes de sueño o de frío-, de cobrárnoslo.