Aguascalientes, México, Sabado 24 de Junio de 2017
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Fiestas de Guardar (dos)

14/04/2017 |
Volviendo al aburrimiento de la Semana Santa de mi infancia y, de paso, por Sevilla, recuerdo que esto del aburrimiento es un decir.
Los viernes santos, por ejemplo, cualquiera que salga a la calle puede pensar que la gente está recogida leyendo la meditación de las Siete Palabras. No hay escuelas, no hay fábricas ni oficinas abiertas, no hay bancos, no hay Gobierno (nunca) y las calles lucen desiertas. Todavía, igual que en tiempos de mi niñez, se ven pequeñas multitudes en las afueras de los templos. En los municipios, entiendo, se organizan Viacrucis que congregan a la muchedumbre.
A mí me impresionaba el silencio de entonces. En los templos callaban las campanas y para llamar a los oficios se usaba, por lo menos en el Encino, una matraca enorme, que estaba (o debe estar todavía), al pie de la torre. En aquel silencio sonaba estremecedor ese crujido.
Pero ya ven como es de pagana la gente. Los que no se fueron de vacaciones y están bebiendo cervezas con la barriga al sol, andan por allí armando borlote. No se ve a nadie en las calles, porque el que no está en el balneario, todavía no se despierta por la resaca. Me cuentan que anoche decenas de miles de juerguistas se organizaron en los rumbos de la Feria, su Verbena adelantada, con harta bebida, mariachis y tambora.
Hace cuatro años, fui a Calanda, en Aragón, el pueblo de Luis Buñuel; famoso por sus tomates, por el cineasta y por su “Rompida”.
La celebración esta es más bien sencilla y parece no tener chiste. Los locales y quien se les quiera unir se ponen a dar tamborazos. Sólo hay dos requisitos: ponerse una túnica morada (en las tiendas del pueblo las venden a patadas) y tener un tambor.
A las tres de la tarde, ya hay miles de personas, de todas las edades y de ambos sexos, en la estrecha plaza y en las calles adyacentes. A las tres de la tarde en punto, a la hora de la expiración, estalla un estruendo que no se puede describir y que seguirá hasta el sábado. Los hay que le pegan a los bombos, a las tamboras y a los tambores hasta que les sangran las manos –esto es literal.
Un año después, pues la “Rompida” la ve uno una vez en la vida y se queda grabada para siempre, volví a Sevilla.
Yo ya había estado varios años allí para estas fechas, aunque nunca una Madrugá. Solía llegar para el viernes, pasar allí el sábado –o irme a San Lúcar de Barrameda- y asistir a la corrida de Resurrección. Alguna vez había programado mi llegada en jueves, para hacer la más famosa de las noches de la semana mayor; un problema con los vuelos me dejó en Sevilla al filo de la media noche. Como estaba en un hotel en un pueblo de las afueras, decidí irme a descansar y ver el asunto por televisión.
Y es que para darse cuenta de lo que pasa en la Semana Santa en Sevilla, no hay que irse a meter ni a La Campana, ni a Triana, ni a la calle de Alemanes, ni a ningún lado. Los diarios de cada mañana anuncian los trayectos de las cofradías, y los canales de televisión, y las emisoras de radio, lo siguen en directo.
Claro que es distinto estar allí metido en medio de todo aquello. ¿Qué es todo aquello? Pues una muestra de fervor de algunos y un extraño ambiente que es de una manera más bien rara una mezcla de respeto, de dolor y de festividad.
A la una de la mañana sale de su Basílica el Cristo de Gran Poder. Verlo por el Postigo, para verlo alejarse por Arfe, es espectacular; de allí uno se va a Alemanes para ver a la Macarena, alejarse por Francos, camino de la Plaza del Salvador.
Yo estaba en un hotel frente a la Catedral. Los huéspedes teníamos una terraza a nuestra disposición, donde toda la noche servían torrijas –que no me gustan-, café a discreción y copas de cava. Yo andaba metido en el ajo un rato, me iba al hotel y subía a mi habitación a intentar dormir. A intentarlo, pero sin éxito: de todos lados se colaban los redobles graves de los tambores y el llanto doloroso de clarines y trompetas. Echaba una pestañeada y me volvía a la calle, para correr a Sierpes para ver a la Esperanza de Triana y luego a la cofradía de Los Gitanos, con el paso del Jesús de La Salud y la Virgen de las Angustias, que cierran la Madrugá –mucho más tarde: ellos terminan su estación de penitencia a las 2 de la tarde del viernes.
Afortunadamente ese año no calló la lluvia. Dos años antes las hermandades habían tenido que guardar sus cristos y vírgenes (todos y todas tallas barrocas de gran valor artístico) y apenas una decena pudieron hacer sus estaciones en toda la Semana Santa.
Ya alguna vez me tocó observar cuando el mayordomo y el capataz anunciaron a los nazarenos del Cachorro de Triana –que sale los viernes en la tarde- que por la lluvia la procesión no saldría. Los nazarenos se arrancaron las capuchas de la cabeza y aquello fue el llanto y el crujir de dientes.
Justo a Triana me fui a ver salir al Cachorro. Su Basílica está en la calle Castilla de Triana, ya casi en la Isa de la Cartuja. Me fui siguiendo el paso a lo lejos. De los balcones llovían pétalos de clavel y saetas doloridas. Ya lejos, vi que se encontraba con el paso de la Virgen de la O. La multitud se fue apretando y me quedé observando todo sin poder cruzar el Puente de Triana. El Cachorro se perdió, en ese leve balanceo que imponen los costaleros, por Reyes Católicos.