Aguascalientes, México, Jueves 25 de Mayo de 2017
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Ahí les encargo el rancho

17/04/2017 |
Hace algún tiempo, recuerdo, llegué al aeropuerto de la Ciudad de México. Tuve que pasar por las ventanillas de migración. Un tipo, con uniforme verde pistache –horrendo-, me miró como si fuera yo Javier Duarte o algún tipo de esa calaña, viajando para evadirme de la justicia. Miré al sujeto: de noche, cuando libraba su turno de estar importunando turistas, seguramente se cambiaba el uniforme y se ponía un traje de mariachi.
-¿A dónde va? –me preguntó en un tono áspero.
Yo le dije que hasta donde sabía, mi madre estaba en su casa tan tranquila y que no tenía que pedirle permiso para irme a donde me diera la gana, aunque fuera Corea del Norte que, acá entre nos, es un lugar al que jamás se me ocurriría viajar.
-¿Me está regañando? –me contestó, poniendo cara de víctima.
Más absurda es la situación que padecen los que llegan al aeropuerto de esta ciudad. Llega uno ante la ventanilla del agente migratorio y éste pregunta:
-¿De dónde viene?
Es la pregunta más idiota que suele hacerse en el mundo. Uno acaba de bajarse del vuelo que llega de Dallas, que es el único vuelo que llega a esas horas, lo que hace imposible que uno responda: de Sídney, o de Tombuctú. Dan ganas de responder: “Y a usted qué le importa”. Pero uno termina diciendo: “de Dallas”, nada más para evitarse un problema y salir del aeropuerto cuanto antes.
Mucho peor fue aquella vez que, justo después de aterrizar de Dallas, el piloto dijo que, por una razón extraña –o sea por la incompetencia de algún tarado-, nadie nos esperaba. De milagro había gente en la torre de control. En Dallas, donde hacía un frío de esos que pelan, tuvieron que pasarnos, junto a una hilera de decenas de aviones, ante una especie de carro de bomberos; trepado en una escalera extensible, un sujeto en traje polar rociaba las alas de las aeronaves de un líquido azul: descongelante.
Alguien de la aerolínea había llamado para decir, seguramente para jorobarnos y luego carcajearse con sus amigos, que el vuelo había sido cancelado.
El personal de tierra de la aerolínea, aquí, los agentes migratorios, los de la Aduana y los taxistas se habían ido a sus casas. No había quien acercara la escalerilla, quien bajara las maletas, quien nos hiciera preguntas idiotas para dejarnos entrar a nuestro país, ni quien revisara los equipajes para ver si algún incauto confesaba que traía diez Rolex escondidos entre los calzoncillos sucios.
El trámite que debía durar a lo sumo media hora, se prolongó casi tres. Los agentes aduanales tuvieron que buscar una escalera que se adaptara al avión y los vigilantes tuvieron que cargar las maletas, dando pujidos.
Cuento esto, justo en la víspera del bendito momento en que me voy a mi casa a hacer las maletas, para largarme un par de semanas y dejar esta ciudad, donde todo se vuelve patas para arriba, por sus mentados festejos.
Hace ya tres ferias que no podía darme ese lujo. Se trata, en suma, de descansar, de evitar los trastornos que la feria trae a toda la ciudad y de evitarle tentaciones a la tropa familiar.
En una de esas escapadas, hace unos años, estaba yo muy tranquilo en Sevilla, despertando de la ibérica siesta y lavándome los dientes. En la televisión, a lo lejos, escuché algo cómo: “Y en Aguascalientes, Méjico (sic), donde se celebra su famosa verbena…”.
Corrí a ver de qué se trataba. Un par de días antes, en otro noticiero, habían hablado de nuestra, al parecer, famosa fiesta anual. Se trataba de la cornada que atravesó el pulmón a un torero que, miren que casualidad, este año recibe aquí la alternativa.
Esta vez se trataba no de una cornada, pero sí de un asunto medianamente morboso. Un torero se tiraba a matar. Pinchó en hueso, como se dice, con tan mala fortuna que el estoque se dobló y salió disparado hacia los tendidos. Mi sorpresa fue mayúscula, al ver que la saeta aquella, terminaba cayendo justo ¡donde estaba mi familia!
Llamé para cerciorarme que todos estaban bien. Alguien de mi gente había recibido un golpe, doloroso, pero no grave, en el costado. Otro, que fue el bembo que metió las manos, recibió un pequeño corte sin más consecuencias. Pensé que si yo hubiera estado allí, con mi mala suerte, seguramente el estoque ese me hubiera partido en dos. Nunca me sentí tan contento de estar a once mil kilómetros.
Por lo pronto, espero que no tenga que enterarme de desgracias en mi ausencia y no tener que escuchar, allá a donde voy, noticias sobre la ciudad. Siempre que se habla en el extranjero de esta ciudad, no es para nada bueno.
Por pura formalidad, sabiendo que nadie me va a hacer caso, para variar, les dejo la encarecida recomendación: ahí les encargo el rancho.