Aguascalientes, México, Domingo 20 de Agosto de 2017
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Oh Canadá

03/05/2017 |
Unos minutos antes del partido, un grupo de unos treinta niños, cruzan por el jardín central, se colocan en línea y el público se pone de pie. Los más que llevan gorras se destocan y algunos se las llevan al pecho. El zarévich y yo, por respeto y para evitar el ataque de un nacionalista furibundo, nos ponemos de pie. Nos dejamos las gorras puestas, que al fin son las de los Blue Jays, que acabamos de comprar.
Contra toda esperanza, los niños no cantan el Himno de Canadá. ¿What? En su lugar comienzan a cantar, con sus voces atildadas, The Star-Spangled Bangled, ¡El himno de los Estados Unidos! “Oh say, can you see…” El alma nos vuelve al cuerpo –que para eso hemos venido a Canadá y no a los Estados Unidos de Trump-, cuando a continuación y luego de una ovación más bien tibia, los escuincles comienzan a cantar la versión en inglés de Oh Canadá.
La historia de este Himno es curiosa. De hecho los canadienses cantaban, como su Himno Nacional, el God Save de Queen, hasta que en 1980, no hace mucho adoptaron su nuevo Himno, que de origen es una canción patriótica de los francocanadienses, escrita en francés, pero luego adaptada al otro idioma oficial de los nacionales.
Justo en eso reparaba esa mañana, parado en la esquina de Front Street y Simcoe: en que en esta ciudad cuesta trabajo discernir que está uno en el país de los canadienses y no en el de los yankees. Uno se da una idea cuando ve algunos letreros bilingües, lo mismo que las etiquetas, o algunos canales de la televisión en ese extraño francés que es el quebequés. Algunos negocios tienen la apelación a lo Real –de la realeza, no de la realidad-, lo mismo que algunas señales de las carreteras que nos trajeron la noche anterior, que junto a los destinos mostraban siluetas de la corona británica.
También está lo del acento, que alarga los finales y convierte las oes de las esdrújulas en a y hacen al inglés canadiense más difícil de entender; se hace obvio la casi ausencia de latinoamericanos, y de mexicanos, aquí desplazados por otras minorías, como los hindúes del Punjab, los pakistanos, los orientales de china y de corea, los tailandeses, italianos a patadas y hasta portugueses.
Luego está lo de la proverbial amabilidad de los naturales, que contrasta especialmente con la tosquedad y las malas maneras de los neoyorkinos, aunque la verdad es que los neoyorkinos son una excepción y no una regla en cuanto al carácter de los estadunidenses.
Por lo demás, sigo pensando, allí parado, viendo caminar a los transeúntes (extrañamente uniformados de colores negros y grises), que tampoco hay que dejarse llevar por el clisé y que detrás de esta gente civilizada y tranquila, hay un pueblo cuya tradición guerrera no desmerece junto a la de sus vecinos del sur.
Fueron los canadienses, los únicos de los expedicionarios aliados, que cumplieron con el objetivo de tomar la playa de Juno, el primer día del desembarco a Normandía y fueron las fuerzas de este país las que perdieron más fuerzas, entre todas las que comandó Montgomery en el famoso Día D, de junio de 1943, ya que les tocó enfrentar a las fuerzas más preparadas de los alemanes.
Enciendo un cigarrillo y otro más, como cantaba Serrat, para seguir allí baboseando, disfrutando de dos hechos que me hacen sentirme pletórico, a pesar del frío, las rachas de lluvia y el vendaval que no cesa y me golpea el rostro: el primero, que estoy lejos, muy lejos y el segundo, que me puedo entretener pensando estas babosadas, sin ninguna prisa y sin otra preocupación que decidir qué rumbo voy a tomar más tarde, cuando la expedición se decida a bajar de la habitación.
Antes de que subieran a acicalarse, hemos hecho un desayuno inglés en toda regla, en el restaurante del hotel, desde donde se domina la calle por grandes ventanales, por donde escurre el agua de la lluvia y por donde pasan ajustándose las solapas de los abrigos, debajo de sus paraguas, los que van a trabajar. Huevos revueltos, baked beans, esas pequeñas salchichas de cerdo que tanto predicamento tienen entre los pueblos que reconocen a Isabel II como reina y té de Ceilán, fuerte y negro, aclarado con unas gotas de leche.
No hay planes fijos y ni siquiera sabemos qué vamos a hacer el resto del día. La única cita fija, por llamarle de una manera, es el juego de beisbol entre los Blue Jays y los Red Sox de esa noche, que se jugará allí en el Roger Center, que nos queda justo al lado y al que podemos acceder sin salir a la calle, ya por los salones del Centro de Convenciones, o por los túneles del Path; por suerte el enorme techo del campo de beisbol está desplegado y la celebración del juego, asegurada.
Pero la sensación más placentera, es la de absoluto anonimato; la de saber que habrá qué aprender, cómo moverse entre los barrios cercanos al lago, ya caminando, ya bajo tierra, o en el metro o el sistema de tranvías, para luego confundirme con esa multitud que va y viene, con sus abrigos grises y negro, del que salen como un apéndice los hilillos blancos de los audífonos, que todo mundo parece llevar prendidos de los oídos.
Hay, en el viajero, ese extraño placer de desaparecer entre multitudes de rostros desconocidos, deambulando sin rumbo por fachadas que poco a poco se volverán familiares, pero que por ahora deparan sorpresas tras cada esquina que uno dobla, sin saber bien a dónde va, ni siquiera cómo es que se llama uno. El extraño y absoluto placer de perderse por el mundo.