Aguascalientes, México, Jueves 25 de Mayo de 2017
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La chancla que yo tiro -memorias de un andarín-

10/05/2017 |
Hace diez u once años, decidimos entrar, María y yo, a Harvey Nichols, los grandes almacenes de Knightsbridege de London. Habíamos bajado, de mañana hasta la Tate Britain, donde se presentaba la primer gran retrospectiva de Lucien Freud y subimos hasta la exclusiva zona de Belgravia, con la intención –morbosa- de ir a los almacenes Harrods, no a comprar, sino a ver la estatua cutre de Lady Di y Dodi al Fayed.
Luego, por pasar el resto de la tarde nos habíamos acercado, allí a lado a los Harvey Nichols. Daba miedo ver las etiquetas de la ropa que vendían allí. Había que hacer multiplicaciones que siempre resultaban que aquello estaba, por mucho, fuera de nuestro presupuesto. Como sea me acerqué hasta la zapatería donde encontré, y de oferta, unas pequeñas botas color calabaza, de cintas color paja y que estaban “hechos a mano” en Lusitania –o sea en Portugal-. Los compré y desde entonces forman parte de mi colección de zapatos, papos, cacles o cómo quieran ustedes llamarles.
Un par de años después, estaba un domingo en Nueva York, a unas cuantas horas de tomar el vuelo de regreso, cuando hurgando entre las ofertas de Sacks, encontré unos mocasines, color arena, que me encantaron, que me quedaban como guantes al pie y que estaban a un precio de ganga. También los compré.
No es que sea yo un émulo de Imelda Marcos. Cuenta la leyenda, que mucho tiene de cierto, que la ex-Miss Filipinas, luego casada con el tiranuelo de Ferdinand Marcos, llegó a tener una colección que algunos cifran en mil 600 y otros en hasta 3 mil pares de zapatos. Mi colección de chanclas, es mucho más modesta, por supuesto.
Hace muchos años mi terapeuta, la mujer que me endereza el espinazo y me pone el esqueleto en su lugar, me recomendó que ahorrara en lo que quisiera, pero menos –por el bien de mi maltrecha columna vertebral- en zapatos. He seguido su consejo y cada vez que encuentro unos zapatos cómodos y que se dejen pagar, los adquiero.
Pero no es un capricho: los zapatos son algo así como un instrumento necesario para una de mis pasiones: caminar.
Por lo demás los zapatos cómodos, algunos costosos, tienen sus ventajas. No me acaban de arruinar el esqueleto, mantienen mis pies en condiciones envidiables y sobre todo duran un montón. Los zapatos buenos son la prueba de que es cierto aquello de que lo barato puede salir caro. Total cuando se arruinan, acudo sin dilación con los zapateros remendones de toda la vida, los de la calle Colón, que siempre me devuelven mis cacles en condiciones que les permiten alargar la vida varios años.
Para mi viaje a Toronto he tomado tres pares. Los botines que compré en Londres, unas botas de lona Palladium que compré en París, también hace un montón y unas zapatillas para correr, de los más comunes y corrientes. Son la elección natural para las largas caminatas que planeo realizar –y a las que, muy a su pesar, pienso arrastrar a toda la expedición. He leído que el frío no remite y que los días de la estancia serán lluviosos.
Ya en la noche de nuestra llegada hemos repartido a las suertes las perchas del armario y los cajones de la cómoda. Yo he colgado mis chamarrones para el frío, acomodado lo que cupo en el cajón que me dejaron los demás y dispuesto mis zapatos junto a mi maleta, junto al pequeño escritorio de cristal del que me he adueñado.
La primera caminata no nos llevó muy lejos. Había que explorar los alrededores, saber exactamente en qué parte de la ciudad estábamos metidos y conocer qué rutas nos llevaban a qué partes. Apenas hemos caminado tres largas calles hasta el Market de Saint Lawrence y me he aventurado por las calles King y Queen, paralelas a la de nuestro hotel, pare reconocer que la Spadina Street nos lleva a los barrios étnicos, al oeste de la ciudad, University nos lleva a la zona de Downtown, a la zona de Yorkville y Yonge, sería la vía ideal para ir a zonas como la Yonge-Dundas Square, que es como la versión –poco lograda- del Times Square neoyorkino y la zona comercial.
De hecho nos aventuramos por ésta última vía, para localizar y llegar hasta el Eaton Center y luego para volver a Richmond, donde está un pequeño restaurante que alguien le recomendó a no me acuerdo quién de nosotros y que, a decir verdad, resultó una gran sorpresa.
Después de comer –la carta de vinos es corta, pero buena-, todavía arrastro a los míos, que ya van repelando, a hacer un paseo previo a la vuelta al hotel, donde luego el zarévich y yo agarraremos con rumbo al beisbol. Llegamos a un parquecillo verde donde nos encontramos una curiosidad. Primero con la Iglesia Unitaria Metropolitana, donde hay letreros que dicen que bienvenidos sean todos los creyentes de cualquier credo, frente a la cual está la Catedral Católica de Saint Michael.
Pero se hace tarde y no hay tiempo de entrar a ver nada allí dentro. Regresamos, paramos en algún café en Wellington y volvemos justo para reposar un poco antes de ir al juego. Yo me despojo de mis botines portugueses y miro, con consternación, que tengo ya un hoyo a punto de hacer aguas en la suela.
Aguanta corazón, les digo con cariño y gratitud, pensando que nada más regresar este par tendrá que hacer una visita al remendón, para que duren otros diez años. Luego me pongo las botas de lona y nos vamos al juego de pelota.