Aguascalientes, México, Jueves 25 de Mayo de 2017
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Badar per tot el món

12/05/2017 |
El diccionario DIEC2 (el del Institut d’Estudis Catalans), dice que el verbo badar, entre otras acepciones (abrir es la primera), significa: abstraerse, encantarse mirando alguna cosa; tener la atención distraída, abandonarse…; dicho de otra manera y en cristiano: apazguatarse.
Es un verbo que supongo arcaico, no de uso común. Para abrir, se suele usar la forma más común de obrir. Yo la encontré en una canción de Serrat. Se llama Seria fantàstic (Sería fantástico) y para el asunto que me interesa dice:
“Seria fantàstic… trovar-se com a casa a tot arreu/ Poder badar sense córrer perill…”.
Traduzco: sería fantástico encontrarse como en casa por todos lados/ Poder distraerse sin correr peligro. En su versión en castellano el Nano canta: Poder caminar distraído por la calle sin correr peligro:
De que a mí me gusta caminar, hasta la extenuación, pueden dar testimonio todos los que han viajado conmigo. Me gusta tanto que el día que me tenga que morir, que alguna vez pasará, pienso hacer como Robert Walser, que se fue a dar su caminata por los campos nevados.
Internado en un psiquiátrico de Herisau, cerca de Berna, en Suiza, el día de Navidad de 1956, Walser se fue a dar una vueltecita por la nieve y ya no regresó; no por su propio pie. Ese día más tarde la Policía fue a recogerlo, hecho paleta, luego de que un grupo de niños reportara que se acababan de encontrar a un hombre congelado.
Pero el asunto es que me gusta caminar y tengo la desgracia de vivir en una ciudad donde caminar está poco menos que prohibido. No sólo se trata de que aquí es muy fácil encontrarse con calles sin aceras, de que los peatones en estas tierras son ciudadanos de tercera. Se trata también de que aquí nadie usa el transporte público a menos que no le quede de otra y, por supuesto, de que si uno se descuida puede caer en manos de carteristas o de asaltantes.
Me gusta, por eso, no estar aquí. Si por mí fuera, ya me hubiera largado desde hace mucho. Por eso mismo es que me gusta devorar las ciudades en larguísimas caminatas. Así las hago un poco mías y así les dejo algo de mí: mis sombras sobre sus aceras y el recuerdo de mi reflejo en sus escaparates.
Por eso es que sigo, de alguna manera, paseando por Guadalajara, por Santiago de Chile, por Buenos Aires, por Berlín, por Moscú, por los jardines de la Buhaira de Sevilla y por la Rambla de Catalunya, en Barcelona.
Mis acompañantes suelen quejarse severamente, primero y luego comienzan a lamentarse de estar sufriendo insolación, ataques de ansiedad, cansancio extremo y hasta amenazas; me pasó un día que hice caminar a María y a la Covadonga, desde un hotel de la calle Serrano de Madrid y hasta la plaza de Las Ventas –bajo un sol de injusticia y a 38 grados centígrados. Hay gente que no aguanta nada.
Lo hago por: que me gusta, se me pega la gana y todavía me responden las piernas. Pero la razón principal es que cada vez que viajo, nunca sé si será la última. Yo hago verdaderos milagros para poderme pagar un viaje y siempre cabe la posibilidad de que acabe en la indigencia y no pueda más que acabar paseando en la plaza.
Lo hago también porque, con sus asegunes, en medio mundo hay ciudades donde uno puede andar distraído, baboseando viendo edificios y descansando en cafés siempre encantadores, sin temor a que de un portal le salga a uno un ratero con un cuchillo.
Por lo pronto Toronto es una ciudad que se siente segura, aún en rumbos que parecen poco recomendables.
Por ejemplo: vamos al rumbo del West Queen, que parece un gueto de negros, sin que nos sintamos en ningún momento en peligro. De hecho entramos a una tienda para buscar abrigos y nos damos cuenta, al ver los precios, que los únicos pobres que hay en esa zona somos nosotros.
Una mañana hemos ido en metro hasta Saint George, para luego ir a conocer The Annex, que nos han presumido de distrito estudiantil y bohemio. Es una decepción. Algún café con encanto, tiendas de baratijas y, para sorpresa del zarévich, muchas tiendas de discos de vinilo, ahora de nuevo de moda. Sin sentirlo acabamos, siguiendo la calle Bloor, en medio del horripilante barrio coreano. Tiendas chinas, coreanas, japonesas, restaurantes de comida tai y mongola y sobre todo muchas tiendas cerradas.
Al final acabamos en el Christie Pits Park, donde hay una feriecilla. Bajando una loma verde, hay un pequeño escenario, sobre el cual un conjunto toca música country. Una mujer vestida de hippie, que debe ser una pequeña celebridad (el centenar de asistentes le aplaudió rabiosamente), pega unos berridos que yo no aguanto más de 5 minutos. El viento corre con violencia y comienza a caer la lluvia.
Decido que es hora de irnos de allí y que no estaría mal desandar el camino (unas cincuenta cuadras de las largas) andando. El zarévich alega que de tanto caminar ya no aguanta uno de sus pies. Cojea, como si un francotirador le hubiera atinado justo en el pie. No me conmueve. Si yo puedo con cincuenta y pico, más podrás tú con tus quince, le digo. Él me mira con ojos de pistola. No es para tanto, le digo. Yo por la mañana, mientras tú estabas dormidote, ya estaba corriendo y al fin de cuentas nada más tenemos cuatro horas caminando.
Comenzamos el regreso, que todavía nos llevará otras tantas horas, aunque el restaurante hindú donde vamos a comer, está no más lejos que dos o tres kilómetros de allí.